Mujeres Ignacianas: Escritos Esenciales

“Mujeres ignacianas: Escritos Esenciales” es una obra que presenta el patrimonio de espiritualidad ignaciana vivida y formulada por mujeres. Lo hace mediante los escritos de veinte mujeres, fundadoras de congregaciones religiosas. Llama la atención el escaso conocimiento que se tiene de este patrimonio espiritual y por eso, este libro supone un avance en el reconocimiento de las mujeres fundadoras de congregaciones religiosas de inspiración ignaciana.
Reúne por primera vez en un único volumen una selección de textos que nos dejan vislumbrar el mundo interior y a la proyección apostólica de estas mujeres ignacianas. Los textos originales desvelan las reflexiones personales de cada una de ellas, sin ningún intermedio.
Desde pocos años después de la fundación de la Compañía de Jesús, iban surgiendo diferentes institutos religiosos femeninos que se reconocían como ignacianos. Entre 1540 y 1773 se reconocen 23 Institutos femeninos ignacianos. Durante los 41 años de la supresión de la Compañía de Jesús (1773 – 1814) surgieron 16 nuevos Institutos femeninos ignacianos y desde 1814 hasta 1976 se registran 209 fundaciones.
A la hora de seleccionar las congregaciones para este libro, los criterios que utilizaron fueran institutos o congregaciones fundadas por religiosas españolas o, aquellos que, habiendo sido fundados en otros países, mantienen en España una presencia significativa. Entre las veinte fundadoras se encuentra Mary Ward siendo Leticia Larrea Ormazábal CJ y María López de Haro IBVM las autoras del capítulo dedicado a ella.
Dentro de la historia de la Vida Religiosa femenina el caso de Mary Ward ha sido problemático, pero también decisivo para abrir camino para las congregaciones modernas de inspiración ignaciana. Al principio, el proyecto de Mary Ward según el modelo exacto de la Compañía de Jesús fue acogida favorablemente, pero quejas de diversas procedencias condujeron a la supresión en 1631. Pudo sobrevivir. En 1749, la Constitución Quamvis Iusto de Benedicto XIV le dio un estatuto sólido. Este hecho fue decisivo para el futuro de los Institutos Religiosos Femeninos de tipo ignaciano porque por primera vez la Santa Sede admitió la autoridad de una Superiora General, paso fundamental para las mujeres fundadoras.